Un grito silencioso que congela hasta el mismo infierno.
Lágrimas saladas que van derritiendo las miles de máscaras que cubren su alma.
(Nunca) es suficiente
(Nunca) acaba
(Nunca) sabe qué quiere
(Nunca) encuentra lo que buscaba.
Se mira al espejo y ve a una extraña,
hecha con fragmentos de infancia y sueños,
en su cabello revuelto se han perdido sus antiguos anhelos
y sus ojos son ahora dos pozos oscuros,
repletos de emociones guardadas, amores perdidos y heridas mal curadas.
No busca amor.
No busca un príncipe apuesto,
que a caballo venga a rescatarla.
Busca a alguien que la escuche, que la apoye...
Ha mirado en casa,
en las praderas y montañas,
rios y mares,
playas y cascadas.
Busca pero no encuentra,
corre pero nunca llega,
lo ve pero nunca lo alcanza,
como espejismos en medio del Sahara.
Y grita.
Grita por alguien, algo que la salve,
que la saque de esa cárcel que ahora es su cuerpo,
de esa prisión que la tiene cómo reclusa en su propia mente.
La niña - por fuera mujer - llora,
pide auxilio con su mirada,
pues (no) le quedan lagrimas,
grita pero en silencio... se encuentra amordazada.
Siente que agoniza, pero a la vez que está viva,
pues el dolor le recuerda que debe seguir de pie,
por muy cansada,
por muy herida,
por muy confundida (y perturbada)... que se encuentre.
Es esclava de su propia sonrisa,
tejedora de mentiras,
(no) estoy bien - dice,
mirando a los demás a los ojos,
cambiando de tema a la velocidad a la que vemos una estrella
cruzar el cielo despejado una noche de verano.
Y, por un momento, cierra los ojos,
los cierra y recuerda esos momentos,
momentos en los que podía fingir que ella misma se lo creía,
esa dulce ignorancia,
esa calmada inocencia,
que igual que la más suave almohada,
la mantenía en una tranquila inconsciencia.
"Estaré bien", susurra, antes de irse a la cama,
y pronto, el sueño la embarga.

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